El valor del silencio

Hace unos días leí en un diario de ámbito nacional un artículo sobre como llenamos nuestras vidas de ruido, no solamente desde el punto de vista acústico, sino en un sentido más amplio de la palabra.  Narraba la historia de Erling Kagge, un editor, escritor y abogado noruego, que en su principal faceta como explorador, se embarcó en un viaje de 50 días en la Antártida persiguiendo la más absoluta soledad.

Huimos del vacío. Pero este horror vacui produce un efecto indeseado. Ese mismo ruido que puede llegar a amansar nuestro ánimo, también nos distrae de aquello que realmente importa. Nos anestesia, nos narcotiza, satura nuestros sentidos, reduciendo nuestra sensibilidad a aquellos estímulos cotidianos, los básicos, los verdaderamente esenciales, los que nos arraigan a la Tierra.

Supongo que Kagge buscaba el antídoto a este mal que nos invade, centrándose en lo primordial, dejando que el sonido del viento, el estruendo de las olas al romper, la nieve perfilando el relieve del paisaje mientras cae, … para encontrarse a sí mismo.

Con esta idea en mente preparamos este pequeño homenaje a esos momentos en los que los paisajistas disfrutamos en soledad, mientras esperamos la oportunidad de ser testigos de uno de esos momentos de armonía, cuando tenemos la sensación de que hemos encontrado la luz perfecta que encaja con ese paisaje que acechamos, haciéndonos creer por un instante en el espejismo de que somos los dueños de la luz.

Viajamos al norte de Europa, aprovechando la época del año en la que el tiempo se ralentiza y se vuelve aparentemente inmutable, … el invierno, la estación del silencio.

 

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El valor del silencio

  1. Pilar avila dijo:

    Hermoso y relajante. La naturaleza dura y pura

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *